Educación, educación, educación…

 

Lejos quedan los tiempos en que Uruguay era a nivel regional y mundial un ejemplo en cuanto a la educación de su pueblo. 



Es un largo camino desde 1745 donde se instalaron las primeras escuelas a cargo de órdenes religiosas a la actualidad, pasando por varias reformas y visiones concebidas del mundo y la educación. Al parecer hoy predomina el dogma de que el estado debe ser el garante de la educación a cualquier costo, haciéndolo así el impulsor y regulador de las reformas educativas, al igual que de los métodos y formas de hacerlo.

Esto deriva en presupuestos cada vez mayores para nuestra educación, antaño envidiable, que hoy en día reflejan una pálida esencia de lo que supimos ser.

Debemos realizarnos varias preguntas al respecto en el intento de descifrar que es lo que lleva que a pesar de todos los esfuerzos realizados, no se logre la educación de calidad que queremos y la accesibilidad deseada: ¿Será problema de presupuesto? ¿Será problema del régimen de clases que usamos? ¿Tal vez sea que quedo obsoleta la forma de educar a nuestra población? ¿Quizá el Estado no hace lo posible para que esta sea nuevamente fuente de ilustración y hay que aumentar impuestos para lograr mejor educación?

¿Qué pasaría si llegamos a la conclusión de que todo el diagnostico puede incurrir en un error sutil de apreciación sobre la base que desestabiliza nuestra educación? Meditemos por un segundo, de mente abierta y con paños fríos veamos el sistema en su complejidad.

Según datos del INEEd la mayoría de las metas para el período no fueron alcanzadas y no solo eso, sino que la educación va en retroceso. Las cifras marcan a su vez que la población más vulnerable, esa que el estado de bienestar dice proteger, son los más perjudicados, con mayores tazas de deserción, menor taza de recibimiento e incluso peor acceso a la misma. Por lo que no es descabellado asumir que de esta forma los ricos son financiados por los pobres, gracias a los impuestos que se les extrae, incluso del IVA de la leche y el pan. Pero esto sería solo sensacionalista si no se le da el contexto de los datos, asique veamos, del

20% de la población con menos recursos solo el 7% tiene probabilidad de terminar la educación secundaria, es decir que el restante 93% no va a tener un nivel de secundaria que por lo menos les permita pelearla en un mercado laboral cada vez más exigente.

 Entonces ante este panorama, que nos hace defender a capa y espada un modelo que está fallando hace décadas, en lugar de avanzar a algo diferente, dándole un giro de 180º a esta realidad y asumir que hemos fallado.

En una educación captada por grupos de interés que no son los niños y adolescentes o sus padres, sino que por lo contrario son los gremios y los educadores llegamos a una situación donde no existen incentivos para que los educadores mejoren sus formas de impartir clase, ya que sin importar cuan buenos sean, los salarios y los escalafones son asignados por antigüedad y no por su labor, es así que un profesor más viejo logra mejores centros educativos y salarios que uno recién ingresado al ruedo, así este último capte mejor la atención de los alumnos y sea más ingenioso a la hora de hacer entender conceptos.

Por otro lado tenemos los centros educacionales en sí, los cuales al asignarse un presupuesto fijo sin tener en mente si rinde mejor o no, no tiene un incentivo real para su mejora y así captar más alumnos, de hecho cuanto peor le va a un sector del estado, más presupuesto se le asigna para tratar de levantarlo y es de este modo que el incentivo es a empeorar.

Todas estas deficiencias derivan de una distorsión en el sistema de precios, que mezclado con un monopolio estatal, que dicta los programas y normas de aprobación del estudiantado, logran lo que denomino “crónica de una muerte anunciada”.

Es aquí donde comienza la difícil cuestión, el centro del problema: como hacer para que la población entienda que en este punto el estado es el problema y no una solución, cuando esto implica 2 enormes problemas para el estado; dejar de ingerir en el adoctrinamiento que se puede realizar en clase y la reducción del presupuesto, ya que si no hay descontrol en la educación pública más fácil es meter la mano en la lata”.

El profesor Miguel Anxo Bastos hace referencia en como el modelo actual de educación busca que el menor rompa con el ideal que tiene sobre los padres al enseñar cosas que en su mayoría no sirven de mucho para la vida cotidiana y que como es natural de grande olvidamos y no podemos resolver. Es así que enseñamos matemáticas de 3er grado en  lugar de economía del hogar por ejemplo.

Existen varias formas de abordar el tema pero para no ir al extremo podemos poner como ejemplo el modelo sueco, este implica que la partida para educación no sea un dinero asignado de antemano y distribuido a las instituciones, sino que se subvenciona a cada estudiante que lo necesite mediante una tarjeta y son los padres los que deciden que institución es la adecuada para su niño. A su vez las instituciones reciben plata en base a la cantidad de estudiantes que poseen, es así que se generaría una sana competencia dentro del estado que obligaría a mejorar cada centro como si se tratara de dependencias rivales. También pondría en funcionamiento el musculo del estado (dormido durante décadas), al hacerlo competir con la educación privada, la cual por cierto debería dejar de depender del ministerio de educación y ser libres de educar como mejor les parezca a los niños, con el fin de captar a mas padres que quieran enseñar a sus hijos de tal o cual forma.

Todo esto garantiza un progresar en una educación estancada y que lejos de estimular a los estudiantes los mastica y los escupe devastando la moral de muchos, como también ayuda a la diversificación de formas, métodos y estudios que se adapten a cada niño, en lugar de que los niños tengan que adaptarse a algo rígido e ineficiente.

Ahora ¿estamos dispuestos como sociedad a dar el debate y decidir si queremos seguir por este rumbo de “confort” brindado por el estado? o ¿vamos a tomar el toro por las astas y como ciudadanos responsables que somos vamos a empezar a incidir en lo más preciado que tenemos, que son obviamente, nuestros niños? Falta que la política se ensucie las manos de una vez en favor del pueblo y deje de contar votos para realizar las reformas de fondo que liberalicen una educación cada vez más pobre. Que asuma el estado que no puede ser omnipotente, porque en fin, de seres humanos se trata y empiecen a confiar en la creatividad y la función empresarial de la sociedad para mejorar esta desastrosa situación. 


Gonzalo Rodríguez. 

Dirigente de Unión Blanca Republicana. 


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